Triste cumpleaños
Sobre la melancolía que a veces se sienta a la mesa en días de celebración.
Llego al restaurante donde cenaremos para celebrar su cumpleaños. La veo acercarse a unos metros, con un cigarrillo en la mano a pesar de haber dejado de fumar, unos pantalones chinos y unas botas altas que tienen el suficiente sonido para simbolizar su grito enfadado. Me acerco, la felicito y nos fundimos en un abrazo mientras ella comienza a llorar. Si bien es cierto que ya me había advertido que suele estar triste y llora en su cumpleaños, tenía la esperanza de que tal vez este año fuese diferente. Creo que ella es la primera que tuvo esa esperanza. Cuenta que ha intentado pasar el día lo mejor posible. Entiende que es comienzo de semana, que todos trabajan, que vivimos en un estado de frenesí constante y a uno casi le cuesta acordarse de en qué día y mes vive, como para saber que hoy es su cumpleaños. De verdad, lo entiendo —repite, pero eso no quita que me duela muchísimo que personas a las que amo no se hayan acordado de mí.
Pienso en las similitudes entre las navidades y los cumpleaños. En la complejidad en relativizar e intentar no tomárselo tan en serio. Familiares, amores y amistades que mueren, que pasan a ser polvo, al ataúd de la indiferencia, de la extrañeza; a veces de la nostalgia, otras de la pena. Pasar de ser un confidente a un extraño, de compartir la cotidianidad del día a día —he discutido con mi madre, he comprado unas flores, odio a mi compañera de trabajo, tengo ganas de verte, ¿me puedes hacer un favor?, ¿dormimos esta noche?, si este fin de semana no sales te arrastro de los pelos, ¿cómo has dormido hoy?, te llamo y me cuentas inmediatamente—, a un pensamiento de cómo estará, o una rabia y un deseo porque las cosas no le vayan bien del todo. Pienso en que no deja de ser algo humano, inevitable; un cuchillazo, un disparo en el pecho que tarde o temprano uno debe dejar atravesar, sentir el dolor hasta que se marche. Pienso en el duelo y en consecuencia el dolor que uno vive al saber que tal vez para ciertos amores —en todas sus formas y caras— no seas tan importante.
Siempre bromeo con mis amigos diciéndoles que no quiero que ninguno se me adelante a la muerte. Bromeo; sin embargo, tal vez haya verdad en mis palabras. Puede que tan sólo sea un cobarde. Muy bien, no me importa.
Me persigue algo que leí hace un tiempo: I am going to dedicate my life to mastering the art of making the people around me feel seen and loved / Voy a dedicar mi vida a dominar el arte de hacer que la gente que me rodea se sienta vista y amada. No sé si tendré tanta fuerza, pero me parece una bella forma de morir: mirando al frente, amando. Quisiera no vivir duelos y sus respectivos cuchillazos y disparos. No quiero sillas vacías (esa frase me empalaga y no quiero leerla más) ni cumpleaños tristes. No quiero navidades ni funerales. No quiero defenderme del amor y odiar a quien me entregué. No quiero despedidas, ni lutos, ni olvidar la voz de nadie. Pero sé, o intento concienciarme, que una vida sin duelos —y sin tristes cumpleaños—, puede reflejar que uno no ha vivido —amado—.



no debería llamarse triste cumpleaños!
🥺🥺🥺